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Al proseguir mi lectura del evangelio, me di cuenta de que Jesús me conoce hasta lo más profundo de mi ser. Nada queda oculto ante sus ojos; ninguna pregunta, ninguna aspiración, ninguna de esas feas escenas de egoísmo que se desarrollan en mi pequeña cabeza… Tenía una sensación de incomodidad, sin embargo yo no deseaba huir…
Cuando llegué a la petición de Felipe: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta” (Juan 14:8), me estremecí. ¿No era ésa mi duda de siempre? Al principio la respuesta de Jesús me desconcertó: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
De repente comprendí que lo que me había atraído a Jesús es que él revela perfectamente a Dios.
Algunos días después, al leer el relato de la muerte de Jesús, sentí como un shock al ser consciente de que él murió por mí. Me ofrecía su perdón y el don de la vida eterna. Un intenso sentimiento de gozo me invadió.
Esta era la verdadera libertad a la cual había aspirado tanto».
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